La oposición y la concordia.

     La palabra «oposición» (sobre todo a últimas fechas) te remite automáticamente a los actores y partidos políticos contrarios al poder. Sin embargo, México vive, democráticamente hablando, el momento oportuno de ampliar los alcances de este vocablo, para que considere a todas y todos siendo parte de lo público y de una oposición sólida contra las aviesas determinaciones del poder; al mismo tiempo, ser parte de la concordia que facilite las buenas decisiones y acciones de gobierno.

Durante muchos años, un solo partido político tuvo en sus manos la presidencia de la República Mexicana, hasta que en el 2000, producto de una serie de circunstancias de diversa índole (política, económica, social, cultural) que se dieron, en mayor medida en la década de los noventa, se concretó la alternancia. A la postre, no fue lo que se esperaba –la falta de acuerdos políticos podría ser el epítome de esa gestión-, se prometió y se infirió un cambio trascendente que no llegó.

No obstante, desde el año de 1990, con la creación del Instituto Federal Electoral hoy Instituto Nacional Electoral, se sentaban las bases para la autonomía en la organización de los procesos electorales y otros procedimientos de participación ciudadana, como la revocación de mandato. Por supuesto, para que esta última no sea un ejercicio de ficción democrática, debe surgir del pueblo, no un personaje ávido de popularidad perenne.

Los contrapesos del Ejecutivo Federal han estado en diferentes esferas: partidos políticos, poderes legislativo y judicial, organismos autónomos, prensa, organizaciones de la sociedad civil, grandes empresarios, líderes de opinión; entre otros, pero todos están ceñidos a un universo concreto que los separa del ciudadano común.

El pasado domingo 17 de abril en la Cámara de Diputados, después de una extensa sesión del Pleno, se rechazó la iniciativa de Reforma Eléctrica por no alcanzar la mayoría calificada; este suceso, puso de manifiesto dos cosas, la unidad mostrada por los partidos de oposición; pero también, que esa unidad en cierto grado, fue motivada por un gran número de ciudadanos que estuvieron pendientes y, que de alguna forma, participaron en la actividad legislativa a través de un seguimiento cercano, que incentivó la asistencia de todas y todos los diputados de los partidos políticos de oposición, así como la emisión de su voto. Ello, sin restar mérito a este grupo de legisladoras y legisladores que cumplieron con su función y, por ende, la confianza no fue defraudada.

Ese acontecimiento parlamentario cumplió con las expectativas y exigencias del sentir generalizado de la gente que no tiene una curul, pero que ese día encontró eco en la votación de sus representantes. Esta vez no fue solo un asunto de partidos, fue un asunto de personas comunes involucradas en la vida pública. No olvidemos que esto se suscita tan solo ocho días después de la jornada de revocación de mandato, en la que, el silencio del ochenta y tres por ciento de la lista nominal fue abrumador. 

«El silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos» Miles Davis.

La democracia debe seguir evolucionando en México, hace veintidós años bastó con entender que se podía elegir libremente a nuestros gobernantes. En aquel momento, mucha gente desdeñó su voto pensando que de cualquier forma ganaría el PRI; a cambio, se pudo constatar que cada opinión en las urnas contaba, lo que posteriormente se hizo valer en las elecciones del 2006, 2012 y 2018. Hoy ya no debe ser suficiente, es necesario empezar a pugnar por una democracia participativa, que tu voz y tu silencio, lleguen a quienes ostentan el poder.

Se ha hablado mucho de la falta de oposición, con el argumento de que no existen candidatos para hacer frente a la popularidad del presidente. Si la discusión está ahí es porque se desdeña la opinión participativa, se sigue pensando únicamente en los procesos electorales y no en el ejercicio del poder. La elección de candidatos es asunto de los partidos políticos, al resto, nos toca vigilar y exigir que lo hagan bien, pero sobre todo, que una vez en el poder, podamos evitar la toma de decisiones sin sustento y propiciar aquellas debidamente planeadas, fundadas y motivadas.

Mientras más alto sea el involucramiento de la ciudadanía en los asuntos públicos, menor será la relevancia del gobernante y mayor la necesidad recíproca de constantes entendimientos.

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