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Hubo un tiempo en que el mundo se sentía como una fiesta de graduación eterna. Todos bailábamos con todos bajo la música de la globalización, convencidos de que, si compartíamos el mismo ponche comercial, nadie se atrevería a romper los muebles.  

Esa fue nuestra globalización ingenua: la creencia de que una hamburguesa en Moscú o una fábrica en Shenzhen eran garantías de paz perpetua. Pero la música se detuvo, las luces se encendieron y nos dimos cuenta de que no todos los invitados tenían las mismas intenciones. 

Hoy, ese optimismo ha sido reemplazado por un realismo frío. Estamos cerrando las puertas y eligiendo con quién compartir la barda. Bienvenidos a la era del nearshoring político

Para entenderlo, olvidemos por un momento los contenedores de carga. Imaginemos que el nearshoring económico es simplemente pedir pizza al local más cercano para que llegue caliente. El friendshoring, por su parte, es invitar a cenar a ese vecino que nos cae bien. Pero el nearshoring político es algo mucho más serio: es decidir que solo vas a instalar el sistema de seguridad de tu casa con una empresa cuyo dueño comparta tus valores, hable tu idioma legal y no vaya a usar las cámaras para espiarte mientras duermes. 

La diferencia es vital. Mientras el modelo antiguo buscaba el centavo más barato, el nearshoring político busca la lealtad más sólida. Ya no solo relocalizamos fábricas de cables; estamos relocalizando la confianza diplomática y los estándares que rigen nuestras vidas. Estamos mudando el “cerebro” de nuestras operaciones a países que no solo están cerca geográficamente, sino que están alineados en su ADN político. 

Hemos pasado de comprarle al más eficiente a comprarle al que no nos considera un enemigo existencial; El precio del producto ya no importa si el vendedor tiene el poder de apagarnos la democracia. 

Esta nueva realidad actúa como un filtro implacable. Es un poder blando porque todos quieren ser parte del “club de los confiables”, pero es un poder duro porque, si tus leyes no encajan o tu democracia tambalea, te quedas fuera del vecindario protegido. Es una forma elegante de decir: “Si no juegas bajo mis reglas éticas, no puedes estar en mi cadena de suministros”. 

Ya no se trata de dónde es más barato producir un tornillo, sino de quién tiene el poder de decidir cuándo se deja de producir. Se han relocalizado las narrativas. El viejo discurso del “comercio sin fronteras” ha sido sustituido por el de “autonomía estratégica”. Estamos viendo cómo los liderazgos globales dejan de ser directores de ventas para convertirse en arquitectos de fortalezas. 

La globalización ingenua creyó que el dinero era el lenguaje universal, pero el nearshoring político nos ha recordado que es imposible compartir el mismo mercado cuando no se comparte la misma idea de la dignidad humana. 

Al final, el fin de la globalización ingenua es nuestro choque con la realidad. Hemos comprendido que un mundo interconectado no es necesariamente un mundo unido. El nearshoring político es el nuevo contrato social del siglo XXI: un mundo donde los negocios ya no son el motor que guía a la política, sino el equipaje que la política decide dónde desembarcar. La fiesta terminó; ahora toca decidir con quién vamos a cuidar la casa. 

Salma Esparza
Salma Esparza

Salma Esparza es Licenciada en Economía y Negocios Internaciones por la Universidad Juárez del estado de Durango, actualmente se desempeña como CFO de GobernArte S.C.

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