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Democracia de seguridad cuando el voto deja de pedir futuro y empieza a pedir escolta. La democracia en américa latina ya no se discute en seminarios: se discute en la calle. La pregunta real es brutalmente simple: ¿puedes salir, moverte y volver? 

El 3 de enero de 2026, la captura de Nicolás Maduro tras una operación estadounidense en Caracas aceleró una verdad incómoda: hoy la legitimidad se mide menos por “instituciones impecables” y más por la capacidad de control efectivo. Y cuando esa es la vara, el discurso bonito dura lo que dura un titular. Por eso, el llamado “giro a la derecha” suena menos a romance ideológico y más a un voto de supervivencia. 

Chile eligió a José Antonio Kast en diciembre de 2025 con una campaña centrada en crimen y migración. En Honduras, Nasry Asfura fue declarado ganador el 24 de diciembre. Y Argentina le dio a Javier Milei una victoria legislativa en octubre de 2025 con el 40.8 % del voto: un voto de mandato, no de literatura. No es que la ciudadanía haya cambiado de valores de un día para otro; es que cambió de prioridades. 

En diciembre de 2025, el tracking global mensual de Ipsos ubicó al “crimen y la violencia” como la preocupación número uno a nivel mundial: el 32 % lo menciona entre sus tres principales problemas. Cuando el miedo manda, la seguridad deja de ser política pública y se convierte en lenguaje de poder. 

Ya no es un capítulo del plan de gobierno: es la portada y el termómetro de legitimidad. El error técnico más caro en la comunicación gubernamental es tratar la seguridad como un KPI (“bajamos homicidios”). La seguridad es, antes que nada, una percepción de control estatal. Ecuador lo demuestra con crudeza: 2025 cerró con 9,216 homicidios intencionales, y ese clima fue el telón de fondo del referéndum del 16 de noviembre de 2025, donde el “No” se impuso. Si tu narrativa promete control pero la vida cotidiana no lo confirma, el ciudadano no debate: castiga. Y lo hace rápido, sin paciencia para explicaciones. 

Aquí es donde la estrategia deja de ser “copy bonito” y se convierte en ingeniería política: mapear el miedo, identificar sus detonantes —territorio, extorsión, impunidad, migración, colapso institucional— y traducirlo en una promesa que pueda sostenerse en la calle, en medios y en digital sin romper el marco institucional. Porque la autoridad no se declara: se construye, se prueba y se sostiene. Eso es lo que separa a una campaña que sube en encuestas de un gobierno que no se evapora en seis meses. 

Y atención, México: después de Venezuela, la palabra “soberanía” volvió al centro del debate. Sheinbaum tuvo que marcar límites públicos ante cualquier tentación intervencionista y bajar tensiones por movimientos militares de Estados Unidos cerca del territorio. En 2026, seguridad y soberanía ya vienen en el mismo paquete narrativo. El mensaje ya no es solo “te cuido”; es “nadie te cuida por mí”. El 2026 será un laboratorio electoral sin anestesia. Perú (12 de abril) y Colombia (31 de mayo) no premiarán al candidato con el mejor documento, sino al equipo que logre algo más difícil: construir autoridad creíble sin dinamitar las reglas que sostienen al Estado. Eso no se improvisa en la recta final; se diseña con anticipación, con lectura emocional y con un mapa claro de qué miedos pueden contenerse y qué promesas son imposibles de sostener. Porque si tu promesa no aguanta la realidad, el vacío lo llena otro. La pregunta no es si la región “se hizo de derecha”. La pregunta es quién va a traducir el deseo de orden en gobernabilidad, y quién seguirá vendiendo esperanza como si esto fuera 2010. 

Sayuri Fiallo
Sayuri Fiallo

Estratega Internacional.

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