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Enero de 2026 será recordado no por los discursos en los foros económicos, sino por el estruendo de las botas sobre el terreno. La invasión a Venezuela y la extracción forzada de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses han enviado una señal que hiela la sangre a cualquier diplomático formado en la vieja escuela de la ONU: el derecho internacional ha dejado de ser el árbitro de las naciones. Hemos entrado oficialmente en la era de la fuerza bruta unilateral. 

Para México, que se prepara para la revisión crítica del T-MEC, este evento no es una anécdota sudamericana; es un espejo. Si la potencia hegemónica está dispuesta a ignorar la soberanía de un país para asegurar sus intereses energéticos y políticos, ¿qué podemos esperar en la mesa de negociación comercial? 

Durante los últimos cinco años, nos llenamos la boca con la palabra Nearshoring. Pensábamos que se trataba de mover fábricas de Asia a Nuevo León para ahorrar en fletes y tiempos de entrega. Estábamos equivocados. O, al menos, estábamos viendo solo la mitad de la película. La fase logística del nearshoring ha terminado; lo que estamos viviendo hoy es el Nearshoring Político. 

El Nearshoring Político ya no es la relocalización de cadenas de suministro, sino la relocalización de la lealtad, la seguridad y la influencia. Estados Unidos, bajo la doctrina de Donald Trump, está construyendo una “Fortaleza Norteamericana”. La membresía en este club exclusivo ya no se paga solo con aranceles cero o reglas de origen; se paga con alineación geopolítica total, estabilidad social interna y un control migratorio férreo. 

Como recordaba Keynes en 1933: “Simpatizo con aquellos que minimizarían, más que con aquellos que maximizarían, el entrelazamiento económico entre las naciones”. Hoy, esa máxima cobra una vigencia aterradora. La globalización ha muerto, y sobre su tumba, México debe negociar su supervivencia. 

El Trilema de Rodrik en la era del “Gran Garrote” 

Para entender la encrucijada de México, debemos desempolvar la brújula teórica más lúcida de las últimas décadas: el Trilema Político de la Economía Mundial de Dani Rodrik. 

La tesis es lapidaria: es imposible tener simultáneamente Hiperglobalización, Soberanía Nacional y Democracia. Solo puedes elegir dos. 

Si quieres hiperglobalización y soberanía, tienes que sacrificar la democracia (porque las reglas del mercado se imponen a los votantes). 

Si quieres soberanía y democracia, debes sacrificar la globalización (poniendo aranceles y controles de capital). 

Durante décadas, bajo el “Consenso de Washington”, México jugó a la hiperglobalización, cediendo soberanía con la esperanza de crecer. Pero hoy, nuestro socio principal ha cambiado el juego. Donald Trump ha elegido el vértice de la Soberanía Nacional pura y dura, sacrificando la integración global. 

La amenaza de imponer aranceles del 100% a Canadá si firma un tratado con China es la prueba empírica de este cambio. El T-MEC ha dejado de ser un tratado de libre comercio para convertirse en un Pacto de Exclusión. Ya no se trata de quién comercia más eficientemente, sino de quién está dentro y quién está fuera del perímetro de seguridad de Washington. 

Si México insiste en mantener una postura de “apertura global” (coqueteando con inversiones chinas en sectores estratégicos) mientras Estados Unidos se cierra, terminaremos en el peor de los mundos: la sumisión satelital. Seremos un país que absorbe los costos de la política exterior estadounidense sin tener voz ni voto. 

La Ilusión de Davos y el error canadiense 

Mientras los tanques aseguraban Caracas, en Suiza, la élite global se reunía en Davos. El discurso de Mark Carney, abogando por un “multilateralismo de valores” y la descarbonización global, sonó hermoso. Pero en términos de Realpolitik, es irrelevante. Es loable que Carney hoy asuma una posición academicista y merezca el aplauso y reconocimiento del mundo. De acuerdo. No obstante, su visión contestataria contra EUA en un foro internacional se parece más al discurso del Che Guevara en la ONU, en diciembre de 1964, que la solución práctica para las economías periféricas. Hizo énfasis en lo que debían hacer las potencias medias. Hasta ahí.  

La postura de Canadá, intentando mantener una autoridad moral y diversificar su comercio hacia Asia, es un lujo que México no se puede permitir. Canadá tiene instituciones financieras robustas y una distancia geográfica de los problemas más agudos de la frontera sur. México, en cambio, enfrenta una realidad brutal: el 84% de nuestras exportaciones de bienes no petroleros van a Estados Unidos. Nuestra dependencia no es una opción, es una condición estructural. 

Intentar replicar el idealismo canadiense o seguir los consejos de Davos en este momento sería un suicidio estratégico. La amenaza de Trump de comprar Groenlandia —una idea que parecía absurda hace años y hoy se discute con seriedad en la OTAN— demuestra que el territorio y los recursos son activos estratégicos, no bienes de mercado. México no necesita discursos sobre valores globales; necesita una estrategia de Soberanía Inteligente para navegar en un mundo sin ley. 

La Revisión del T-MEC: La moneda de cambio es el Control Social 

Llegamos así a la revisión del T-MEC de 2026. El ambiente es tenso. La economía interna de Estados Unidos vive una guerra civil entre la Casa Blanca y la Reserva Federal. La presión de Trump sobre Jerome Powell para bajar las tasas de interés busca financiar la reindustrialización americana con dinero barato, lo que inevitablemente exportará inflación a socios como México. 

En este escenario, ¿qué tiene México para ofrecer? Ya no es solo mano de obra barata. El impacto del nearshoring en nuestro PIB ha sido modesto, estimado en un 0.2% por el Banco Mundial, en parte porque las inversiones solo llegan donde hay progreso social y seguridad. Lo que México vende en 2026 es Estabilidad y Seguridad. 

El equipo negociador de la Dra. Claudia Sheinbaum ha demostrado, hasta ahora, una lectura sobria de esta realidad. Lejos de la estridencia ideológica de administraciones pasadas, han entendido que la mejor defensa de la soberanía mexicana hoy es la eficiencia técnica. Han evitado caer en provocaciones retóricas con Trump, enfocándose en lo que realmente le importa al vecino del norte: que la frontera sur no sea una amenaza. Deben mantener esa sobriedad frente a una administración de Trump que buscará la provocación pública como táctica de negociación. 

Sin embargo, el reto es mayúsculo. La presión migratoria y el crimen organizado son los nuevos “aranceles”. Estados Unidos exige que México actúe como un muro de contención efectivo. El Instituto Nacional de Migración (INM) y la Guardia Nacional se han convertido, de facto, en extensiones del perímetro de seguridad norteamericano. Esto tiene un costo presupuestal y de derechos humanos altísimo para México, pero es la cuota de entrada al mercado más grande del mundo. En este contexto, México debe “monetizar” este costo operativo en la mesa de negociación. Si el INM y la Guardia Nacional son extensiones de la seguridad de Estados Unidos, México debería exigir compensaciones o créditos directos en las reglas de origen automotriz, por ejemplo. 

La reconfiguración de las cadenas de valor no es una promesa, es una realidad contundente en la balanza de pagos. Al cierre de 2025, México se afianzó como el primer socio comercial de Estados Unidos en tecnología avanzada, superando récords previos de exportación y superávit. Es un dato revelador: mientras Taiwán lidera la proveeduría de componentes, México ha superado al gigante asiático en la compra de bienes tecnológicos estadounidenses, consolidando una simbiosis donde ambos países capitalizan el declive de los intercambios con China. Esta interdependencia en sectores de alta complejidad técnica es el seguro de vida de México; cualquier arancel punitivo de Trump contra nosotros sería, en la práctica, un impuesto directo a la competitividad tecnológica de las propias empresas estadounidenses. 

Recomendaciones para una Soberanía Inteligente 

Ante este panorama de “selva geopolítica”, donde las normas internacionales se desmoronan (Venezuela) y los aliados son amenazados (Canadá), propongo la siguiente hoja de ruta para el gobierno de México: 

1. Aceptación Estratégica del “Nearshoring Político” 

Debemos dejar de ver la alineación con EE.UU. como una pérdida de soberanía y empezar a verla como un activo de negociación. Si somos indispensables para la seguridad nacional de EE.UU., cobremos por ello. No en dinero, sino en flexibilidad para nuestra política industrial interna. “Te doy seguridad en la frontera y alineación contra China; tú me respetas mi política energética y mis programas sociales”. Eso es reciprocidad estratégica. 

2. Sustitución de Importaciones dirigida (El nuevo “Hecho en México”) 

Aprovechemos la paranoia anti-china de Trump. Si EE.UU. quiere bloquear insumos asiáticos, México debe levantar la mano para producirlos. Pero esto requiere una política industrial activa, no dejarlo al mercado. El gobierno de Sheinbaum debe incentivar agresivamente la creación de proveedores nacionales que sustituyan componentes chinos, integrando a las PYMES mexicanas en las cadenas de valor de América del Norte. Es la única forma de aumentar el contenido regional y blindarnos ante sanciones. 

3. Blindaje Institucional ante la Tormenta Financiera 

La guerra Trump-Powell generará volatilidad cambiaria e inflacionaria. México necesita mantener la autonomía del Banco de México (Banxico) como un dogma sagrado. La tentación de usar el tipo de cambio con fines políticos sería fatal. La estabilidad macroeconómica es nuestra carta de presentación más fuerte frente al caos que se vive en otras latitudes. Si Trump logra doblegar a la Reserva Federal para bajar tasas, el diferencial de tasas con Banxico podría atraer capitales golondrinos que aprecien artificialmente el peso, dañando la competitividad exportadora que tanto nos cuesta mantener. 

4. Bilateralismo Pragmático 

Aunque el T-MEC es trilateral, la realidad es bilateral. No debemos atar nuestro destino al de Canadá. Si Ottawa decide pelear una guerra comercial por principios, es su decisión. México debe negociar sus propios términos directamente con Washington. Nuestra relación es más compleja (migración, drogas, frontera) y eso nos da palancas que Canadá no tiene. 

5. Inversión en Estado de Derecho como Ventaja Competitiva 

Los datos son claros: la inversión no llega a donde no hay certeza. La reforma judicial y los cambios institucionales han generado nerviosismo. El gobierno de Sheinbaum tiene la oportunidad de demostrar que, bajo el nuevo esquema, las reglas del juego son claras y se respetan. No para complacer a Wall Street, sino para garantizar que el nearshoring aterrice en desarrollo real para el sur-sureste del país, y no se quede solo en anuncios de inversión. 

Colofón 

El mundo de 2026 es peligroso. La ilusión globalista se ha desvanecido, reemplazada por bloques de poder que juegan a suma cero. Para México, el T-MEC ya no es un tratado de libre comercio; es un tratado de supervivencia geopolítica. 

La administración de Claudia Sheinbaum tiene ante sí el desafío más complejo de la historia moderna de nuestra relación bilateral. La clave no está en resistirse a la realidad del poderío estadounidense, ni en entregarse ciegamente. La clave está en la gestión inteligente de la interdependencia. 

Debemos transitar hacia una “Coexistencia Westfaliana” dentro de Norteamérica: comerciar vigorosamente, sí, integrarnos productivamente, también; pero manteniendo siempre los controles soberanos suficientes para que el destino de México se siga decidiendo en la Ciudad de México, y no en una oficina de seguridad en Washington D.C. 

Héctor O. Carriedo Sáenz
Héctor O. Carriedo Sáenz
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