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¿Cuánto hemos avanzado desde el 2018 hasta ahora? No me refiero a los resultados de la administración del presidente López Obrador; las cifras de su gobierno y de otras instituciones y organizaciones están disponibles y las personas que se encargan de analizarlas han escrito suficiente sobre cada tema. Me refiero a la madurez política que deberíamos haber alcanzado tras casi seis años de vivir la “transformación” o, por lo menos, un periodo presidencial encabezado por un partido distinto al PRI y al PAN.

Madurez implica progresividad, crecimiento y aprendizaje, conlleva un proceso de revisión de la experiencia y despojarse de actitudes y valores que no tienen cabida en un futuro deseable, así como fortalecer las cualidades necesarias para enfrentar nuevos desafíos. Sin embargo, a horas del primer debate de personas candidatas a la presidencia de la República, el debate público se percibe estancado, en el mejor de los casos, y en serio retroceso para las personas más pesimistas.

Como obstáculos para la madurez política, encontramos los fenómenos de la posverdad, la relativización del conocimiento y la radicalización de posturas e ideologías. Estos fenómenos no son nuevos ni son exclusivos de México, pero definitivamente tienen arraigo en nuestra sociedad. En el debate político y social identificamos una arena de combate donde el conocimiento técnico, la especialización disciplinaria y la experiencia se enfrentan a las opiniones como si fueran equivalentes. Los hechos parecen tornarse relativos y cuestionables, mientras que las creencias no requieren verificarse y parecen validarse en la caja de resonancia de las redes sociales. Muchas personas encuentran satisfacción y comodidad en la realidad sesgada y distorsionada que les ofrecen los algoritmos que confirman que no están solas en sus creencias, por más que contradigan las evidencias más contundentes.

En este panorama se llevan a cabo las campañas políticas y los respectivos debates presidenciales. En procesos electorales pasados, los formatos de debate dejaron poco margen a intercambios directos entre las personas participantes y a la improvisación. En este año, al reto de encontrar un formato adecuado se suma el agotamiento de un periodo muy extenso de precampañas, oficial y no oficial, así como la expectativa de escuchar promesas cíclicas y frases prestadas o trilladas. Si la televisión popularizó los debates presidenciales y ofreció la oportunidad de fortalecer las estrategias de imagen y comunicación no verbal, las redes sociales en cambio parecen debilitar las expectativas. Las propuestas, ataques e intercambios entre las personas contendientes se agotan anticipadamente. Cualquier propuesta o ataque que podamos escuchar en el debate habrá sido ya enunciado, discutido, comentado, analizado y superado para esa fecha. En cambio, probablemente escucharemos señalamientos y acusaciones conocidas, así como las acostumbradas evasivas, comparativas insostenibles y opiniones presentadas como hechos.

Dos aspectos me resultan particularmente preocupantes en este escenario. Por una parte, la dureza e inamovilidad de muchas personas que asumen que respaldar un proyecto político o a su representante implica aceptar el paquete completo de su percepción de la realidad. En segundo lugar, la apatía de las generaciones más jóvenes en edad de votar para involucrarse activamente en conocer y analizar las propuestas de los proyectos políticos.

Respecto del primero de estos puntos, si bien las encuestas muestran un desencanto de parte de la población con el proyecto político que apoyaron hace seis años, este desencanto no parece ser generalizado ni corresponder a la realidad de la cantidad significativa de promesas incumplidas y a la evidencia contundente de actos de corrupción y nepotismo. A nivel de interacciones personales, es sorprendente encontrar discusiones sobre acontecimientos con argumentos que contradicen contundentemente la realidad y se basan en la apreciación subjetiva de ésta que promueven las ideólogas de los extremos políticos. Estas apreciaciones subjetivas no permiten la reflexión, el análisis o la crítica. En esta inercia, la ciudadanía parece perder su voluntad de procesar las realidades que le rodean y opta simplemente por hacer propia la que le ofrecen.

Sobre la segunda cuestión, no puede culparse totalmente a las personas más jóvenes por su desencanto con el sistema político, basado en un sistema de partidos que no responde a que estas instituciones representen una ideología concreta sino los intereses de grupos de personas que monopolizan su liderazgo. A las personas que tradicionalmente han apoyado a los partidos políticos por décadas podría sorprenderles que las y los jóvenes manifiesten su apoyo a las propuestas que promueven como principal cualidad (y a veces única) ser “nuevas”, “diferentes” y “jóvenes”. Como profesor universitario, me sorprende la sinceridad con la que mis estudiantes reconocen expresamente su desconocimiento de las propuestas, trayectorias, procesos políticos e incluso su desinterés por leer, ver o escuchar las noticias, pero al mismo tiempo ello no les limita para emitir opiniones contundentes y juicios de valor sobre lo que consideran el deber ser, generalmente adelantando como argumento que las personas mayores tuvieron su oportunidad y lo han hecho mal. No podría descalificar su conclusión, aunque cuestiono su metodología para llegar a ella.

Este es el escenario en el que nos aproximamos al primer debate y a la recta final de una campaña que se ha sentido más larga de lo que los tiempos legales anunciaban. Me parece fundamental aprovechar este momento para revisar si en estos casi seis años hemos verdaderamente madurado políticamente. ¿Desarrollamos capacidad de autocrítica? ¿podemos diferenciar las promesas de campaña de los logros objetivamente alcanzados? ¿somos capaces de revisar pros y contras de las propuestas en lo particular sin comprar el paquete completo sólo porque compartimos una ideología? ¿vamos a exigir que el debate sea un genuino intercambio de propuestas y respuestas a cuestionamientos en lugar de evasivas y lugares comunes? ¿vamos a fortalecer nuestras opiniones con argumentos y no aventurarnos a emitirlas esperando que sean aceptadas como válidas sólo por ser opiniones?

Cada ciclo electoral es una oportunidad de tomar decisiones, pero igualmente es una oportunidad de evaluar las decisiones tomadas anteriormente. El debate del domingo 7 de abril nos brindará la oportunidad de identificar en las personas contendientes a aquellas que valoran nuestra capacidad de tomar decisiones fundamentadas y racionales, de aquellas que consideran que basta con apelar a los lugares comunes porque no esperan que la ciudadanía tenga el interés o la capacidad de racionalizar autónomamente alguna propuesta.

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