La política exterior está generalmente ausente en el debate nacional y no es extraño que esta tendencia se extienda a las campañas políticas. Tampoco sorprende pues las preocupaciones de la mayoría de las personas mexicanas son cuestiones que afectan directamente su día a día: seguridad, inflación, empleo, etc. Los debates que tienen lugar en Nueva York, Ginebra, Viena, Washington, Bruselas, Beijing o Nairobi parecen lejanos y sin repercusiones directas o inmediatas para nuestra realidad. A esta percepción suma que las personas nos dedicamos al estudio, análisis y ejecución de la política exterior muchas veces no logramos comunicar eficazmente su relevancia y sus efectos en la vida social y política del país.
En este tiempo de campañas vamos a escuchar pocas propuestas que nos den idea sobre la política exterior que adoptarían las candidatas contendientes en caso de ser electas. Podemos anticipar que Claudia Sheinbaum se mantendrá sobre la línea que ha trazado el presidente López Obrador (cooperación para el desarrollo, estrechar vínculos con países de Centro y Sudamérica, cautela con las posturas asumidas en los conflictos políticos y armados globales, etc.) Por otra parte, Xóchitl Gálvez si se ha anticipado un cambio radical en su política exterior, pero apenas ha dibujado algunas líneas ideológicas sin brindar detalles. Algunas impresiones indirectas obtendremos sobre sus posturas cuando se refieran a temas nacionales de implicaciones internacionales, por ejemplo, migración, comercio, crimen transnacional o seguridad.
La cuestión de la política exterior no es menor. En los foros especializados y círculos académicos constantemente repetimos, casi como dogma, la destacable vocación internacional de nuestro país. Enaltecemos casi como mitologías los hitos de México en grandes procesos multilaterales en los que nuestro liderazgo y protagonismo sobresalen frente a Estados de mayor poder militar o económico, por ejemplo, en procesos sobre desarme nuclear, derechos humanos, medio ambiente, derecho del mar o integración regional. Estos y otros ejemplos mantienen una imagen de México como un Estado de prestigio, confiable y eficaz, capaz de dialogar con múltiples actores y comprometerse a procesos de largo plazo. En esto último la política nacional difiere de la política exterior: mientras que a nivel nacional se priorizan los proyectos que entregan resultados sexenales, en el ámbito internacional se conducen procesos sabiendo que pasarán varios años, incluso décadas, antes de generar resultados. No obstante, el compromiso y constancia de largo plazo rinden frutos que finalmente permean desde esas lejanas salas de negociación e inciden concretamente en nuestra realidad nacional.
El sistema internacional es mucho más que la Asamblea General de las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad. En varios foros y mecanismos internacionales se gestaron las iniciativas que hoy permiten procesos tan necesarios y cotidianos como la movilidad internacional de personas y de mercancías, la homologación de títulos profesionales, becas académicas y movilidad estudiantil, los etiquetados de alimentos, la cooperación científica para el desarrollo de medicamentos y vacunas, los estándares tecnológicos en los aparatos que rodean todas nuestras actividades diarias, entre muchos otros ejemplos. En estos mismos espacios podrían discutirse las ideas que ofrecerían respuestas a cuestiones como la atención a personas migrantes y refugiadas en nuestro país, cooperación para el combate al crimen organizado y tráfico de armas y drogas, y creación de nuevos empleados a través de la atracción de inversión y empresas extranjeras.
¿Por qué debe importarnos que la política exterior esté presente en las campañas? Porque los procesos internacionales van a continuar y muchos nuevos procesos comenzarán en los próximos años. México ha destacado históricamente como un actor activo en dichos procesos y ha llevado su visión y sus mejores prácticas a esos foros, dejando un legado reconocido por sus pares. En el mediano o largo proceso, los resultados de esos procesos incidirán en nuestras vidas y las aportaciones que México haga, el prestigio que gane de los mismos y los vínculos que fortalezca como resultado de éstos, van a generar oportunidades para futuro. Si seguimos jugando adecuadamente nuestro papel en las dinámicas internacionales abriremos espacios y oportunidades para que las personas mexicanas se integren y aprovechen oportunidades laborales, sociales, culturales y económicas en un mundo global y diverso, así como para que en nuestro país adoptemos mejores prácticas que gradualmente mejoren nuestra calidad de vida y el aprovechamiento de nuestros recursos. Finalmente, no omito el valor que tiene el análisis de la política exterior para variar un poco nuestra percepción habitual de los tiempos políticos y desarrollar una perspectiva de largo plazo y transexenal, perspectiva que podría ser útil adoptar en los procesos nacionales.


