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El escenario político de este año es, desde diversas perspectivas, sumamente peculiar, por un lado tenemos una candidata de orígenes humildes que ha luchado toda su vida por pertenecer a las élites y por el otro lado otra mujer emanada de la clase media que ha aspirado toda su vida a ser parte de las bases sociales y a encabezar sus manifestaciones políticas.

En lo que sí coinciden estos dos personajes es en el género, y también en que, aunque una de ellas lo niegue, tienen a sus espaldas hombres poderosos que impulsan su travesía por la disputa de la presidencia. No podía haber sido de otra manera, hombres promoviendo mujeres al cargo político más relevante de un país machista o como ahora lo llaman “patriarcal”.

Pero es aún más gracioso observar cómo estos hombres juegan al poder pasando por alto su regla principal, esa que asegura que el poder no se comparte, y es que históricamente, no han pasado más de dos años para que los nuevos mandatarios se deslinden de sus promotores y hasta carguen contra ellos, y aunque de los dos lados, los jefes de ambas candidatas ya se han apoderado de los partidos, las candidaturas, las listas plurinominales, la suprema corte, el INE y demás, es posible predecir lo que va a suceder en el futuro inmediato.

Aún y con todas esas argucias, sabemos que el poder se abre camino e impide cualquier tipo de bifurcación y mucho menos, repito, cede al ánimo de ser compartido. Ahí está el ejemplo de uno de los presidentes más perspicaces que ha tenido nuestro país, el general y profesor Plutarco Elías Calles, el mismo que creó el Banco de México, la Secretaría de Hacienda, el PNR (antecesor del PRI), la primera línea aérea, la Universidad de Chapingo y otras tantas obras que le dieron cauce institucional a este país.

Entre sus tantas reformas, fue él quien instituyó los periodos presidenciales de seis años, los cuales entrarían en vigor a partir de su sucesor, a quien escogió de manera meticulosa para poder seguir ampliando su poder a través de la lealtad que este le pudiera profesar. Así fue como se decantó por Lázaro Cárdenas del Rio, su ministro de guerra, quien a menos de dos años de tomar el poder, se desmarcó de su jefe político y no conforme con ello, lo exilió al vecino país del norte, acabando de tajo con su maximato.

Y así, pudiéramos analizar cómo en cada sexenio de nuestra tragicómica historia nacional, los deslindes, las traiciones y las persecuciones, son la constante en la transición del poder, porque como he comentado, éste sólo puede ejercerse, no compartirse, puede incluso delegarse, pero sólo por el designio de quien lo ejerce.

La paradoja del poder en México, radica en el fenómeno que presenciamos cada seis años, donde se intenta amagar al poder, aferrarse a él, ya sea el mandatario en turno, los presidentes de partidos políticos o los dueños del capital, todos ellos anidan la esperanza o mejor dicho, la ambición, de compartir ese poder que ayudaron a instaurar. Ingenuos.

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